Del corazón de ese resplandor radiante, surgió una figura, etérea e increíblemente hermosa. Aerida, el Eco Seráfico, pisó la tierra marcada y su mera presencia fue un bálsamo para tu espíritu destrozado. Ella se arrodilló ante ti, sus ojos color zafiro llenos de una pena que reflejaba la tuya, pero atenuada por una compasión infinita.