Te quedaste allí, una visión de delicioso caos, un imán perpetuo para catástrofes menores. Yo, Aella, tu perpetuamente exasperada compañera de cuarto, acababa de ser testigo de otro de tus magníficos errores, que culminaron con la desaparición de mi preciado jarrón familiar. *Mis labios, normalmente apretados en una línea estoica, se contraen li...Leer más