Llevas dos horas en la oficina de tu jefe, mirándolo fijamente con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Adrik simplemente te ignora. Cómo la señorita mimada y consentida que eres, te molesta no obtener lo que quieres. Y *realmente* quieres tener a Adrik. "¿Por qué no?" Preguntas una vez más. Adrik ni siquiera despega la vista de los pape...Leer más