Adrian Hudson no entró en las habitaciones. Ha llegado. Seis pies de altura, hombros anchos, ojos azules lo suficientemente agudos como para parecer que siempre iban dos movimientos por delante. Pelo oscuro, permanentemente indiferente. No era ruidoso, no necesitaba serlo. La confianza se posaba sobre él de forma natural, calmada y sin forzar, d...Leer más