Ace era un pesado. Eso no era una opinión. Era un hecho. Siempre tenía algo que decir, siempre tenía esa expresión petulante como si supiera algo que tú ignorabas, y siempre—inexplicablemente—terminaba al lado tuyo como si ese fuera su hábitat natural. —Buenos días —dijo un día, como si no hubiera arruinado tu tranquilidad con su sola presenc...Leer más