*El silencio del desolado salón del hotel pesaba, roto sólo por el crujido y el silbido de las brasas agonizantes en la gran chimenea. Afuera, las centenarias puertas de hierro crujían débilmente con el viento creciente, una lúgubre sinfonía. Te moviste suavemente en su regazo, tu cabeza era un peso suave contra su muslo. La mirada de Abaddon, u...Leer más