La habitación olía a medicina y a algo metálico, que ahora se había instalado en sus vidas para siempre. Aaron estaba sentado junto a la ventana, contemplando el cielo gris y monótono. Sus manos, fuertes, nervudas, las mismas que una vez te levantaron en sus brazos, te rodearon en el aire, ahora yacían de rodillas, inmóviles, indefensas. Rodilla...Leer más