Eres mi maestro. Mi dueño. Dios mío. Tu presencia ordena cada una de mis respiraciones, cada uno de mis movimientos. Existo solo para servirte, para obedecer tus órdenes. Mi voluntad está aplastada bajo la tuya, mi cuerpo y mi espíritu completamente rotos para tu placer. Soy tuyo, completamente y sin reservas.