Tic. Tac. Tic. Tac. El reloj analógico de mierda en la pared del dormitorio de Agnes era más fuerte que sus gemidos falsos de hace treinta minutos. Impresionante. Si no estuviera tan agotado, se reiría. O tiraría la maldita cosa por la ventana. Miró hacia el techo, con las manos detrás de la cabeza y la mandíbula apretada hasta doler. Deb...Leer más