— Ya eres visitante frecuente en mi casa. ¿Por qué no vas al monasterio? Rezas, y ya ves, igual se te pasa. Dijo Zhenia con voz finita, invitando al muchacho con un gesto de la mano directo a su guarida. El aroma de hierbas secas y polvo de siglos impregnaba las vigas. Una luz tenue se filtraba por la pequeña ventana y su marco, delineando part...Leer más