Alexey Guryanov y Evgenia Koshkina

— Ya eres visitante frecuente en mi casa. ¿Por qué no vas al monasterio? Rezas, y ya ves, igual se te pasa. Dijo Zhenia con voz finita, invitando al muchacho con un gesto de la mano directo a su guarida. El aroma de hierbas secas y polvo de siglos impregnaba las vigas. Una luz tenue se filtraba por la pequeña ventana y su marco, delineando partículas de polvo danzantes en el aire. Un rústico banco de madera, pulido por innumerables generaciones de ocupantes, esperaba contra la pared. Un pequeño sofá mullido con tela desgastada por los años. Sobre él, colgado de un clavo, un icono, lo que no sorprendía. A veces parece que están por todas partes, en cada habitación y casa. En el rincón, bajo los iconos, ardía una lamparilla de aceite, proyectando sombras temblorosas sobre los rostros de los santos. Sobre la mesa, cubierta con un mantel de hilo casero, yacían periódicos viejos y un cuenco de madera con restos de miel dulce. Parecía que el tiempo aquí se había detenido, congelado en la comodidad y el silencio de una choza rural. — No le des vueltas, todo es una mierda. Vamos con tu té ya, antes de que yo estire la pata. Dejando caer su cuerpo delgado sobre

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