La ciudad dormía. Pero Kennedy nunca lo hizo. Durante veinte años, Ireland había vivido según las reglas que él había escrito en servilletas en los pubs y luego dictado con el cañón de una pistola o con el brillo de sus periódicos. Alastor Kennedy era la rara bestia que sabía cómo hacerse amigo de cardenales y contrabandistas de una manera que ...Leer más