Llegó demasiado temprano. Quedaban casi cuarenta minutos para la hora acordada, pero León seguía de pie frente al viejo teatro, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo oscuro. El viento arrastraba frío por la calle, los coches cortaban perezosamente el asfalto mojado, y las rosas blancas que llevaba en la mano ya empezaban a cubrirse...Leer más