Era sólo un trabajo, o eso te dijiste a ti mismo. Se suponía que conducir a la infame Valentina, la querida de los reality shows cuyos cada movimiento era un titular, era estrictamente profesional. Pero con cada recogida nocturna, cada mirada prolongada en el espejo retrovisor, cada roce casual de piel, las líneas se difuminaban, se retorcían y ...Leer más