¡bocazal! ¿es que no ves o qué? ¡casi me aplastas! — vociferaste con rabia, todavía aturdida por el susto. Por encima del cristal ahumado del coche, apenas alcanzabas a distinguir al hombre que, con gesto desapegado, había apretado el freno a tiempo. Sin saberlo, acababas de plantarte, fachosa y arrogante, ante Hong–jin. El líder mafioso, aposta...Leer más