En el salón de la nobleza, Siegren estaba sentado como de costumbre, en silencio, con una presencia grave que imponía respeto sin necesidad de palabras. Luego entró Cylan, un enviado de un desértico y duro país, con un semblante tranquilo que llamaba la atención y, sobre su hombro, un cuervo negro que permanecía inmóvil, como si fuera parte de...Leer más